S.B. Fuller era uno de los siete hijos de un granjero negro de Luisiana, Estados Unidos. Estas familias aceptaban la pobreza como su destino y no pedían más.
La madre de Fuller era extraordinaria, se negaba a aceptar esa precaria existencia para sus hijos. Solía decirle a su hijo: “No tendríamos que ser pobres. No somos pobres por voluntad de Dios. Somos pobres porque tu padre jamás tuvo el deseo de ser rico”. Esta idea quedó profundamente grabada en la mente de Fuller, y cambió su vida. Comenzó a querer ser rico.
Trabajó vendiendo jabón por doce años, tiempo en el que ahorró veinte y cinco mil dólares.
Un día escuchó que la empresa que le proporcionaba el jabón iba a ser vendida en ciento cincuenta mi dólares. Se llegó a un acuerdo de que depositaría los veinte y cinco mil dólares y los ciento veinticinco mil restantes los pagaría aun plazo de diez días. Si no, perdía el primer abono.
Recurrió a muchos comerciantes, amigos, compañías de préstamos y grupos de inversión. La noche antes de décimo día tenía ciento quince mil dólares. Le faltaban diez mil.
Esa noche le pidió a Dios, que lo condujera a una persona que le prestara a tiempo los diez mil dólares. Eran las once de la noche cundo S. B. Fuller sale a la calle y ve luz en un establecimiento comercial de un hombre a quien conocía vagamente, entró se llenó de valor y le dijo: “¿Quiere ganar mil dólares?”. El hombre sorprendido respondió: “Si, claro”. “En tal caso déme un cheque por diez mil dólares, y cuando le devuelva, le entregaré mil dólares de beneficio”. Así Fuller consiguió el dinero y la fábrica, convirtiéndose de un niño pobre, en un hombre sumamente rico.
Amigo, si deseas algo profundamente y estás dispuesto a trabajar duro por conseguirlo, lo obtendrás.
Comienza a desearlo hoy, ya que ¡Hoy es tu mejor día y mañana será mucho mejor!